lunes, 19 de octubre de 2015

Lo mejor del Cervantino 2015

¡Detente, instante, eres tan bello!
Y Tomaz Pandur, ese genio esloveno del arte del teatro, detiene el tiempo una y otra vez durante los 150 minutos que dura su puesta en escena nacida de una piedra de toque de la cultura de Occidente: Fausto, el texto de Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) utilizado como detonador.
El instante: un hombre solo garabatea en la pared de su estudio el compendio del saber humano. Bello instante.
La escenografía por sí misma es una obra de arte: dos bloques de granito que navegan sobre el planeta agua: el piso entero del escenario es una alberca de once centímetros de profundidad donde los pasos de los actores resuenan como el goteo de un grifo mal cerrado que impide conciliar el sueño toda la noche.
Esta nueva incursión de Tomaz Pandur en el Fausto de Goethe (la primera la realizó en 1990) resultó, con la puesta en escena de Ubú Rey a cargo de la compañía inglesa Cheek by Jowl, y la presentación de Salif Keita en la Alhóndiga de Granaditas (la popular Albóndiga) y el ciclo de las nueves sinfonías de Beethoven con la orquesta Anima Eterna, que es lo que significa el nombre de su director y fundador: Jos van Immersel, figuran entre lo mejor del Cervantino 43, aún y cuando falta todavía una semana para que termine el festival de este año.
La maestra Christa Cowrie realizó un registro completo de este hito, este Fausto de Tomaz Pandur . De su autoría son las fotografías insertadas en este texto. Iniciemos con Fausto, interpretado por el actor Igor Samobor:









¡Detente, instante, eres tan bello!
Esa frase del Fausto funge a manera de leit motiv de la puesta en escena de una pesadilla, un marasmo, un deja-vu, un espejismo en el desierto.
Espejismo. Tomaz Pandur ama los espejos. El piso de su escenografía es un espejo de agua. El par de muros de granito, donde Fausto escarba con las uñas para desentrañar su soledad, funciona como espejo: ya se unen ambas partes para conformar un solo muro, ya caminan hacia atrás, hacia adelante. Y sobre ese par de tablillas arcaicas se proyecta la caligrafía que garabatea Fausto y en la parte inferior se desliza la sombra de un perro que camina, sigue a Fausto hasta su estudio y se convierte en: el demonio, Mefistófeles:






Hondo estudio sobre la naturaleza humana. Esta puesta en escena propone una profunda reflexión que transcurre entre las tinieblas y la luz del entendimiento.









Pero en cuanto hace su aparición en escena Margarita, caracterizada de manera magistral por la actriz Polona Juh, ya mis ojos no la soltarán:









En cuanto Margarita-Polona canta, toda la magia que ya se había escanciado en el Auditorio del Estado, en la ciudad de Cuévano, hizo explosión definitiva. Su globo negro, su vestimenta de Lolita, su sonrisa que pierde a los mortales, su caminar casi a saltitos. El fuego de sus ojos:







Ella detiene el tiempo, que es tan bello. Y dura solamente un instante. En esas dos horas y media el espectador sufre con Fausto las veleidades del ego que la cultura occidental obliga a cultivar. El debate entre el bien y el mal. El malestar en la cultura. La insatisfacción.
Detente instante. Y el instante no hace caso. Sube a Fausto al cielo. Se mueven los muros y ahora está instantáneamente en el infierno. Navegan los bloques de granito y ahora está en su estudio. En su soledad. Y lo sigue un perro de aguas, como lo nombra una de las traducciones existentes del clásico de Goethe.
Aparece una actriz que encarna al personaje goetheano de La Inquietud: soy el compañero eternamente inquieto/ al que siempre encontramos/ aunque nunca lo busquemos/ a la vez acariciado y maldito.




Detente, instante. Eres tan bello. Y ahora los muros de granito se vuelven uno y ahí se proyectan imágenes del filme Fausto, de Friedrich Wilhelm Murnau. Y enseguida el juego de espejos que tiende Pandur se torna un aparte donde alguno de los autores, en un dejo infinito pero fino de ironía, explica al público la escena anterior y por qué se hizo así y no de otra manera. Y repiten esa y otras escenas.






En los créditos que aparecen en el programa de pierna (pues ahí se deposita por lo general el programa de mano) dice: “Dramaturgia y adaptación: Livija Pandur” y esto resulta relevante porque ella y el director, Tomaz Pandur, tomaron una decisión capital: propusieron un final diferente al de la obra original, la de Goethe.
En la escena final en el libro del autor alemán, el Coro Místico entona: “Todo lo perecedero no es más que un símbolo/ Aquí lo inefable se convierte en hecho/ el Eterno Femenino nos atrae a lo alto”
En la escena final de la puesta en escena del artista esloveno, Fausto entona esos versos pero omite el verso final: “El Eterno Femenino nos atrae a lo alto”.
Y en su lugar aparece Mefistófeles babeante: “¿para qué quiero lo eterno? ¿de qué me sirve el conocimiento eterno? ¡Yo los maldigo a todos ustedes!
Telón. Aplausos. Estupor.
Las dos horas y media transcurridas fueron un instante detenido, bello, profundamente bello. Está entre lo mejor del Cervantino 2015.



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