El director de orquesta japonés Zeiji
Ozawa regresó este domingo a la luz pública luego de ganar la batalla al
cáncer. Fue también su retorno a una casa muy querida: la Philharmonie Berlin,
sede de la Filarmónica berlinesa, con la que inició romance hace 50 años. Fue
nombrado, en sencilla y divertida ceremonia, Miembro Honorario de esa orquesta,
a la que dirigió en un programa dedicado a la Primera Escuela de Viena: Mozart
y Beethoven.
Celebró así también su cumpleaños 80.
Y a propósito de cumplir 80 años, el
programa originalmente estaba anunciado para ser dirigido por Zubin Mehta,
quien canceló debido a cambio de planes en la manera como celebrará su
cumpleaños 80, el próximo 29 de abril.
Zeiji Ozawa también había cancelado
varias presentaciones debido a, sucesivamente, su tratamiento contra el cáncer,
después una neumonía, luego una fractura de cadera y recientemente una caída al
resbalar con la nieve en la calle en camino a un concierto.
Todas esas historias quedaron superadas,
pues este domingo todo era sonrisas en el escenario de la Philharmonie.
Durante el ensayo, todos los músicos de
la orquesta lo mimaron, se armó la sencilla ceremonia donde lo nombraron
Miembro Honorario, le regalaron una edición facsimilar de la ópera Tristán e
Isolda de Wagner con anotaciones de Wilhelm Furtwangler y uno de los músicos le
gastó bromas lindas, como anunciarle que ya había convencido al alcalde de
Tokio para que nombrara Zeiji Ozawa a una línea del Metro y luego le cantó una
polka en “japonés”: una mezcla de términos japoneses y alemanes.
Y el concierto fue una delicia.
Inició con una de las obras más hermosas
que existen en toda la literatura musical: la Serenata Número 10 para Alientos,
conocida como Gran Partita, ejecutada por 13 integrantes de la Filarmónica de
Berlín de pie, sin director, como era costumbre en la época de Mozart.
Lucieron de manera fulgurante dos corni
di bassetto, ese instrumento tan peculiar para el que escribió Mozart muchas
partituras muy divertidas y bellas, como esta Partita, cuyo Tercer Movimiento
es un cántico de ángeles.
No en balde es el momento crucial de la
película Amadeus, donde Salieri espía la partitura que había dejado Volfi
Mozart sobre el atril y Salieri dice, al borde de las lágrimas: “me parece
estar escuchando, en esta música tan bella, la voz de Dios” y luego inquiere:
“¿cómo es que Dios eligió a una persona tan vulgar como Mozart para ser su
voz?”.
Después del intermedio sonó Beethoven: la
Obertura Egmont, dirigida por Zeiji como acostumbra: sin batuta y de memoria,
moviéndose en el podio con la gracia de un colibrí, como fue descrito por un
periodista hace medio siglo, cuando debutó con la Filarmónica de Berlín.
La obra culminante fue la Fantasía Coral
de Beethoven, un monumento con piano y cantantes solistas y coro, un ensayo
preliminar a la Novena Sinfonía.
El pianista solista fue Peter Serkin,
hijo del legendario Rudolf Serkin. Y en ese mismo instante, mientras seguía yo
el concierto de la Filarmónica de Berlín en la transmisión en vivo vía
Internet, en otra casa querida, la Sala Nezahualcóyotl, también apareció un pianista estrella:
Charles Richard-Hamelin, con el Segundo Concierto de Chopin
Y al ver la foto recordé los versos de
Octavio Paz: “Pero miro hacia arriba: las estrellas escriben. Sin entender
comprendo: también soy escritura y en este mismo instante alguien me deletrea”.






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